Una de las cantautoras más trabajadoras en la industria se llama Katie Crutchfield.
Nació en Alabama, creció cerca de Waxahatchee Creek. Se marchó de la ciudad y se abrió camino por su cuenta como Waxahatchee. Eso fue hace más de una década. Crutchfield dice que nunca supo que el camino la llevaría hasta aquí, pero después de seis álbumes aclamados por la crítica, nunca se ha sentido más segura de sí misma como artista. Si bien su sonido ha evolucionado de folk lo-fi a un exuberante country con tintes alternativos, su voz siempre ha permanecido igual. Honesta y cercana, poética con un suave acento sureño. Muy parecida a Mick Kelly de Carson McCullers, determinada en sus deseos y convicciones, lista para contar a quien quiera escuchar.
Y después de años de sobriedad y estabilidad en Kansas City, después de años de sacrificarse a su trabajo y a la carretera, Crutchfield ha llegado a su composición más potente hasta la fecha. En su nuevo álbum, Tigers Blood, Crutchfield emerge como una fuerza, una etnóloga del yo, dedicada para siempre a revisar sus victorias y sus pérdidas. Pero ahora está llegando a revelaciones y no las está ocultando.